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¿Quién no ha querido alguna vez encontrar un tesoro bajo el agua? Yo debo confesar que siempre guardé la esperanza de encontrar un cofre lleno de doblones de oro y collares de perlas. Siempre, cuando era una niña, claro. Pero ya de mayor, vi que no había monedas, ni tiaras, ni piratas de los buenos, así que pensé, si yo no voy hacia el oro, el oro puede venir a  mi. Y dicho y hecho.

La verdadera historia, al margen de tesoros y otras  chaladuras infantiles, fue que mi erizo de las seychelles, de extraordinario valor sentimental, se rompió y para que al pegarlo no se vieran las quebradas cicatrices, pensé en un poco de maquillaje. El pan de oro nunca falla.

 

 

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