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Podemos pasar la noche de mil maneras, pero tener un par de bonitas mesillas, nos alegrará por la mañana. La mesilla de dormitorio se comienza a utilizar a partir del siglo XVIII, antes de esa fecha se usaban sillas tapizadas que realizaban la misma función. Hoy en día es un mueble imprescindible en un dormitorio y, a veces, también es usada como mesilla auxiliar en recibidores o salitas. Poner el despertador, el mando de la tele, el libro de cabecera (incompatible una cosa con otra), las gafas -para olvidar que las pusimos ahí-, la lamparita, el ibuprofeno o cualquier cosa sin destino en la vida de la alcoba, cabe en una mesilla. Así pues, como es un lugar emblemático, en el caso que nos ocupa, le hemos dado la importancia que se merece.

La mesilla sin nombre, ni apellidos:


La mesilla que tenía entre manos fue encontrada por casualidad en el desván del abuelo (como suele pasar con estas cosas) y por suerte tenia la pareja. Es una mesilla realizada en haya y chapeada en nogal con patas cabriolé de estilo Luis XV, aunque no tiene más de 60, pero eso sí, tiene un montón de posibilidades. El diseño de las rayas se inspira en las cornucopias que podéis ver en Transformados y Travestidos, pero es una versión 2.0 de una idea divertida, un poco más clásica y consonante con el mueble en cuestión. El resultado: original, verdad?¿?¿¿?¿?

Y ahora con título nobiliario:


El proceso de transformación es muy sencillo: comenzamos por lijar la mesilla cuidadosamente con el fin de que absorba bien la pintura. Elegiremos los colores de las rayas y en este caso además un tipo de papel, y el ancho de las mismas. Marcaremos las rayas con cinta adhesiva tanto en la tapa como en cajones y patas, y comenzaremos a pintar cada franja. Por lo memos necesitaremos dos manos. Una vez pintadas todas las franjas se fijará el papel con cola. Se quedaron zonas de madera vista que fue tratada con cera natural, no dimos ningún otro tipo de acabado para que los colores no amarillearan, sobre todo el blanco.

 

Más mesilla.

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