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Esta mesilla ha estado en casa de mis padres desde que alcanzan mis recuerdos. Mi madre siempre se empeñaba en llamarla “camarera” y yo me preguntaba inocente, porque un mueble llevaba el nombre de una profesión y además en femenino. Más tarde comprendí que realizaba “las funciones de”, cuando la sacaba en las supercenas de Navidad, cargando con el menaje que no cabía en la mesa. Y ¿por qué no se llamaba camarero?

En realidad, lo que más me interesaba de esta mesilla, era el juego que nos daba a mi prima y a mí, cuando acababa de cumplir con sus funciones. Tenía ruedas, tres baldas, y cuatros agujeros en forma de círculo que no habíamos visto en ningún otro mueble (típico de los años 60). Sugerente. En ella dábamos  el té de las 5 a nuestras muñecas, y hacíamos comiditas con todo un surtido de golosinas variadas, mientras mi padre se empeñaba en dejar los vinilos que no le cabían en el mueble de la música.

Como era un buen recuerdo, con los años decidí que me gustaría que formara parte de mi dormitorio y la convertí en mi mesilla de noche, ahora pasa las horas cerca de mi cama y de momento nadie juega con ella, aunque he de reconocer que, a veces, me dan ganas.

Originariamente estaba pintada en blanco, pero decidimos ponerle unos círculos en plata simulando el espíritu sicodélico de los 60 y 70. Fue un proceso bastante complicado y no encontrábamos la manera de que los círculos quedaran nítidos, al final cubrimos toda la pieza de plata y sobre ésta, utilizando unas plantillas, pintamos el blanco, obteniendo así el resultado que esperábamos.

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